13 de mayo de 1854: nace Almafuerte

Huérfano de pequeño, Pedro B. Palacios fue criado por una tía piadosa que lo inició en la Biblia. Aunque su vocación era el dibujo, desde los 16 años trabajó como maestro. 

Su pedagogía moral lo condujo a la política. Se inició como orador militando por Alsina. Visceral, predicaba con una mezcla de cólera santa y de misericordia por los pobres que más tarde sustanciará su poesía. Tras una sucesión de amores contrariados abrazó el celibato por el resto de sus días y abandonó Buenos Aires. Trabajó en escuelas en Mercedes, Chacabuco y Trenque Lauquen donde además ejercía el periodismo de combate, pero el estilo exaltado con que intentaba sanear la política le granjeaba numerosos enemigos. En 1883 Sarmiento se deslumbró con su discurso de bienvenida en Chacabuco. Amigo de Leandro Alem, su fama de asceta y propalador de verdades amargas cunde. Radicado en La Plata, estrenó en el periódico Buenos Aires su seudónimo Almafuerte. Su consagración se debió al poema "Interrogante" publicado en La Nación. En Madrid fue llamado “el poeta anónimo de la lengua castellana”. Pese a su pobreza franciscana rechazaba empleos administrativos que juzgaba innobles. En 1893 se estableció en Salto. Aunque pasaba hambre, compartía la mesa con los desvalidos. Con su cristianismo ardoroso conminaba: “no pidas más que justicia, pero mejor es que no pidas nada”. “Vivo en la mayor pobreza, pero lo tengo todo. No necesito nada. Solo necesito gritar”. Borges dirá que era un “místico sin Dios”. Almafuerte concebía que es misión de la poesía fundar el alma nacional. En 1913 conferenció en el Odeón ante un público selecto “hablando torrencialmente como si estuviese en pleno furor” -escribió Rubén Darío-. “Ha nacido la eterna figura del vociferador que llega a arruinar la fiesta de los dichosos”. Su denuncia del lujo, el despilfarro y la corrupción de las almas acabó en tumulto. En 1907 había visto la luz sin mayor éxito su único libro publicado en vida, Lamentaciones, cuyo manuscrito trató de vender para comer. Aquel que había escrito “No te des por vencido ni aun vencido” murió en su rancho rodeado de niños una década más tarde.


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